miércoles, 18 de mayo de 2011

QUÉ PARTIDOS PARA QUÉ DEMOCRACIA



QUÉ PARTIDOS PARA QUÉ DEMOCRACIA


   La sociedad está en pié, empieza a levantarse. Parecía que hasta que alguien de considerable edad nos dijo “Indignaos!!” nadie se atrevía a levantar una voz colectiva. Para algunos de nosotros, estaba claro. Lo que algunos consideraban desafección de la política, otros le llamábamos descontento y los partidos no entendían, no reaccionaban. (http://www.noucicle.org/lhora/?p=2033)

   Cuando hay malestar, todo se mezcla: los depredadores económicos internacionales, los movimientos de levantamiento en el norte de África, los reintentos de salvación del mundo de los Estados Unidos…. todo nos lleva a un solo lugar: el descrédito de las acciones políticas y de gobierno. Desconfiar de quién nos gobierna es el principio de las revoluciones: según los ciclos de la historia, fue el fin del imperio maya, de la civilización egipcia, del inicio de la Revolución francesa y de la caída de muchos regímenes en el mundo.

   El descontento mueve a los colectivos y ahí entra todo. Estamos asistiendo, en las últimas semanas, a manifestaciones reactivas a situaciones concretas (recortes en sanidad, educación y prestaciones sociales en Catalunya), en contra de Bildu y su participación en la política vasca, y otras encabezadas por jóvenes descontentos con el futuro que les espera… (http://democraciarealya.es/?page_id=88)
   La más reciente ingeniería política occidental que ha conseguido desplazar las guerras a los países en los que tiene intereses económicos y utilizar otros mecanismos para descabalgar a los líderes y partidos en el poder no pasa desapercibida por la población, cada vez más informada y con más criterio político. Los medios de comunicación son artífices de esta puesta en escena: nos lo sirven como ellos quieren, reducen o amplifican los efectos de las acciones y posturas políticas, añaden o quitan información, maquillan y escogen.  Especialmente escogen lo que publican y lo que no. Lo que, según su criterio, interesa al público. Sin valorar consecuencias, sin reconocer el efecto antropológico que tiene en nuestra cultura, en nuestra base social.

   Las opiniones se crean, estamos de acuerdo. Y en base a qué?  La cultura de origen, la que viene del hecho de que hayamos nacido en un lugar u otro, en una familia u otra, ha cambiado con el paso de los años, pero no tanto. Pero en cuanto el niño/a se “expone” a la sociedad, los inputs informativos son inmensos, a veces equívocos y a menudo contradictorios. La construcción de la identidad cultural y social en las personas de nuestra sociedad cada vez es más compleja y más diversa. Pero hay algo en común: la influencia de la información –no siempre verídica, no siempre neutra- en nuestra posición ante la sociedad.

   Nos dice Innerarity que “no esperamos de la política más que una representación de nuestros intereses, y ésta ha dejado de ser el espacio donde realizar un proyecto de gran alcance. Este fenómeno tiene su raíz en el agotamiento de las grandes utopías, el fin de las grandes ideologías, y en ese sentido es más antropológico que coyuntural”.  Ante estas modificaciones sociales, las posiciones clásicas de izquierda y derecha tienen actitudes diferentes: la izquierda espera mucho más de la política, conseguir la transformación social, mientras que la derecha se conforma con mantener las reglas del juego para que los intereses individuales tengan oportunidades.

   A la izquierda se le exige más y los propios partidos de izquierda sólo avanzan a partir de crisis i regeneraciones internas, mientras que la derecha es mucho más flexible y acomodaticia a las demandas sociales. Menos ética pero más adaptable. La izquierda cree representar los intereses de la mayoría, aunque ante las urnas suele quedarse sorprendida de que los votantes no le confíen sus expectativas y aspiraciones. ¿Dónde está el desencuentro?

   Desde mi punto de vista, la flexibilidad es ahora más necesaria que nunca. No para abandonar los valores y principios de la igualdad, libertad y fraternidad, sino para adecuarlos al lenguaje cognitivo de la población y, después, al lenguaje verbal.  Una actitud, si quieren científica, que permita dudar de las premisas iniciales y revalidarlas: cuáles son las necesidades y expectativas de la ciudadanía en la sociedad actual, cuáles son sus creencias y opiniones respecto a la acción política y en qué están fundamentadas. En definitiva, una visión sociológica, antropológica que acerque a los partidos de izquierda a la sociedad real, actual. Primero deberán vencer la desconfianza para que la sociedad permita el acercamiento. Después tendrán que definir nuevas formas de comunicación con la gente, más directas, más honestas, más comprometidas. En tercer lugar, necesitarán encontrar y/o reafirmar a perfiles políticos claros que no sólo sepan hablar sino también escuchar.

   La izquierda tiene un reto importante que consiste en que su mensaje sea creíble. Y para eso, debemos revisar el mensaje, para que se adapte a la sociedad actual y a la previsión de una sociedad futura. Debemos plantearnos nuevas fórmulas de comunicación, con el objetivo que tiene ésta: emitir y recibir mensajes pero, sobretodo, dialogar y llegar a acuerdos. Debemos conseguir que nuestros representantes estén preparados/as para ello y, además, se lo crean.

   En definitiva, considerar a la ciudadanía como mayor de edad, estar abiertos a nuevas formas de organización política y flexibilizar las estructuras de los partidos: que gestionen mejor el conocimiento interno, que conecten más con las sedes locales, que encuentren vías de comunicación efectiva con la gente.

   Estamos en ello.

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