“Los líderes inteligentes saben de quién
deben rodearse y a quien escuchar,
aunque no les caiga simpático”
Cuando hablamos de inteligencia, normalmente nos referimos al concepto clásico que alude a la capacidad de aprendizaje, de comprensión de los conceptos y premisas ya definidas. La definición de esas premisas y conceptos está, efectivamente, previamente realizada por otros –científicos, filósofos, historiadores…- que construyen una “verdad común” que debe ser aprendida y transmitida de nuevo. La inteligencia de una persona, así, es la capacidad de comprender, retener y reproducir esos parámetros culturalmente formalizados y científicamente comprobados. Una inteligencia cognitiva, en definitiva, centrada en la producción racional.
Desde ese punto de vista, la inteligencia tiene componentes genéticos –eso está comprobado- además de otros factores, de tipo social y educativo, que proporcionan a la persona condiciones a favor o en contra para desarrollar todo su potencial innato. La interacción de los factores genéticos y ambientales está así comprobada desde hace tiempo desde la psicología y la neurología, zanjando un debate antiguo sobre la predominancia de unos factores sobre otros.
El entorno es pues determinante para el desarrollo de la inteligencia. La cuestión que ahora planteo es, hasta qué punto un entorno que se modifica cualitativamente y con rapidez puede condicionar el concepto de inteligencia humana. Si nuestros niños y jóvenes están aprendiendo más a partir de entornos digitales y no analógicos, a partir de la interacción individual con un ordenador y cada vez menos a partir de la interacción con el docente o el grupo clase, ¿cuál puede ser el efecto de esa práctica en la capacidad intelectual humana? No estoy segura de que ésta sea mayor o menor, pero en todo caso, sí será diferente. Por ejemplo, es evidente que la preferencia por el aprendizaje a través de imágenes y no de la lectura es cada vez más frecuente y eso pone en cuestión la esencia misma del proceso de aprendizaje, desde el momento en que se activa la memoria visual más que la comprensión verbal. No es un cambio menor: condiciona la estructura mental por la cual una persona se enfrenta a un elemento nuevo en su vida que ha de comprender e interiorizar. Apostarlo todo a lo visual tiene, a mi entender, graves limitaciones.
Pero lo “visual” no sólo predomina en las etapas primeras del aprendizaje, sino que se está erigiendo como fuente principal de conexión con los otros (Internet), como elemento simplificador de mensajes complejos (publicidad, televisión, cine..) Cada vez más imagen y menos diálogo. A qué nos lleva esa tendencia es algo que tal vez sólo podemos intuir, pero que es extremadamente peligroso: a la simplificación y el estereotipo. La simplificación del mensaje del emisor que ha de apostarlo todo a la imagen, el gesto, la primera impresión. El estereotipo del receptor del mensaje, que categoriza las múltiples entradas de información para hacerlas manejables, reduciéndolas, llevándolas a la mínima expresión.
Una sociedad que simplifica los mensajes y focaliza sobre la imagen sólo puede conducir al empobrecimiento intelectual, a la falta de criterio, y a la confusión y el equívoco. ¿Qué hay que sacrificar: la cantidad o la calidad de los mensajes? ¿Cómo queremos que sea la inteligencia de los receptores de mensajes: abierta y crítica o bien obtusa y sumisa? Hay que ser sincero/a para responder.
Si la intención de los dirigentes políticos, mediáticos, los que crean opinión y, por tanto, son responsables del “pensamiento colectivo”, fuese generar una inteligencia colectiva progresivamente en aumento, su actitud sería informadora, neutral, expositiva, contrastada y abierta a aclaraciones y preguntas. Si, por el contrario, el interés es poco nítido, con la intención de crear una opinión a favor o en contra de decisiones ya tomadas, o la información es poco clara o contradictoria, entonces la intención es la manipulación de una opinión colectiva sumisa y poco “inteligente”.
Me dirán que siempre ha sido así. Bien, ¿pero hasta cuándo creen que va a funcionar? Los nuevos líderes políticos, sociales y que generan opinión deben ser claramente conscientes de qué tipo de sociedad construyen con sus actitudes y mensajes: una sociedad estúpida o una sociedad avanzada. Deben estar, por tanto, a la altura de las expectativas de los receptores de sus mensajes: la dicotomía entre verdad y mentira ha dejado de ser un juego que controla uno sólo de los jugadores. La sociedad conoce y reconoce las mentiras y también sabe apreciar las verdades, aunque no siempre sean agradables.
Respeto para ganar la confianza, no hay más camino. Pero eso no es suficiente: la nueva inteligencia debe ser también –cómo no- emocional, no sólo desde el punto de vista de adquirir un tono emotivo, hablar de las situaciones personales, etc ( como muchos asesores recomiendan a los políticos). Lo que es necesario realmente es pensar con empatía, es decir, “desde” la percepción de los demás, de sus necesidades y opiniones. Sigue siendo más fácil “gobernar por el pueblo pero sin el pueblo” que otorga un cierto nivel oligárquico que, sin duda es confortable, que actuar desde una posición de servicio público hacia el bienestar común –previamente contrastado- que puede a veces resultar incómoda.
Nuestros líderes más inteligentes han sido y son aquellos/as que saben encontrar el equilibrio entre las presiones de un sistema de gestión del poder ya establecido -con unas rígidas normas de juego- con la voluntad y necesidad real de mejora social y de progreso. Para mantener el equilibrio es necesaria una mente clara (que no olvide su objetivo final), honesta (que sepa reconocer que puede equivocarse o desviarse), inteligente (que sepa ver oportunidades en su entorno y ponerlas en acción) y prudente (que pueda preservar los beneficios colectivos por encima de los cambios radicales).
Avanzar manteniendo el equilibrio…. Liderar una idea clara para el beneficio común, generar un proceso dinámico y participativo en el que las partes formen un todo, sin caer en la tentación de desmarcarse en beneficio propio.
No es fácil hacerlo sólo/a, por muy inteligente que se sea. La complejidad de la tarea de gobernar requiere, primero, reconocerla y, en segundo lugar, dotarse de los mecanismos para abordarla. Los asesores y consejeros no siempre cumplen el papel de compensar y equilibrar, sino que a menudo se decantan claramente por satisfacer al líder, darle la razón, apoyarle sin condición.
Son los que más se mantienen en el cargo, naturalmente, pero los que más daño hacen y, a medio o largo plazo, hacen que el líder caiga, por desconexión con la realidad y lo que en psiquiatría viene a llamarse “hipomanía”, es decir, tendencia a creerse un semi-dios para el que todo es alcanzable.
Los líderes inteligentes saben de quién deben rodearse y a quien escuchar, aunque no les caiga simpático/a.
